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domingo, 12 de enero de 2014

¿OLVIDA USTED LOS NOMBRES?

Reconocer el rostro de las personas no basta. Recordar sus nombres tiene igual importancia.
Sin embargo, es más difícil para la mayoría recordar un nombre que un rostro. La razón es
simple: en la percepción visual entran mayor número de excitantes que en la auditiva.
Cuando alguien nos habla, hay una continua repetición de imágenes visuales, y el nombre
pronunciado en la presentación se pierde entre el resto de las palabras.
Para obviar esta dificultad, pocas y precisas son las reglas a seguir:
1) Memorice el nombre correctamente, en sus sílabas;
2) No tema pedir que lo repitan;
3) Introduzca continuamente el nombre del interlocutor en la conversación.
Estos medios aumentan el número de veces que con la figura está presente el nombre y su
práctica salva la principal falla de este tipo de memoria: la carencia de repeticiones.
Es casi imposible retener un párrafo en lengua extraña si no sabemos el significado o
relaciones de cada palabra con las de nuestro idioma. Cuanto más concreto, mejor se
recuerda un término. Lo mismo ocurre con los nombres. Debemos, pues, buscarles una
relación. En todo idioma los apellidos pueden ser divididos en dos categorías:
1) Nombres que de suyo significan algo como Herrero, Pino, Casas, Moreno, Costa, Conde,
etc. También en esta categoría caben aquellos que sin tener significado propio Lo adquieren
por extensión, pues uno de sus portadores representa algo característico: Bolívar, Ford,
Gillette, etc.
2) Nombres sin característica propia o que por exóticos no podemos darle significado
concreto como Muñoz, Alí, Sokolovsky, Herrick, Sollier, etc., pero susceptibles de ser
clasificados por su origen español, árabe, ruso, inglés, francés, etc.
Así ordenados, cada nombre queda en nuestra mente soldado a algo concreto; a un contraste,
cuando un señor con buena cabellera se apellida Calvo; un rubio, Moreno, o dispuestos
según su origen. La dificultad inicial de la retentiva de nombres —dijimos— está en el poco
número de imágenes que crean; por ello, siga estas reglas, acuda después a su ingenio e
invente todas las asociaciones posibles. La repetición y la asociación son las vías para
desarrollar este tipo de memoria

NADA HAY NUEVO BAJO EL SOL

En efecto, la mnemotecnia no es, como la bomba atómica, producto de nuestro siglo. Los
antiguos ya la aplicaron, pero en casos excepcionales. En los Vedas, tratados filosófico-
religiosos de los hindúes, se indica la repetición como medio de acrecentar la retentiva; los
griegos se valieron de ella, y entre los romanos, el mayor de sus tribunos, Cicerón, nos dejó
un modelo todavía útil. Sin embargo, sólo fue patrimonio de pocos. Sus mayores sabios
ignoraban acerca de las funciones del cerebro lo que hoy sabe un escolar, y sólo
empíricamente, con la práctica, llegaron a crear un sistema para fijar mejor los recuerdos.
Eran secretos de los grandes oradores, de los filósofos, de aquellos que debían exponer en
público.
Las actuales condiciones de vida invierten los papeles. Todo se vuelve patrimonio de todos.
La complejidad de los mecanismos de uso común da muchas comodidades, pero también
mayores responsabilidades. Para afrontarlas se requiere inteligencia, y la inteligencia es
memoria equilibrada.
A menudo Cicerón preparaba sus largas oraciones de un día para otro. Pronunciadas en el
Foro, sin la ayuda de guías escritas, exigían un esfuerzo de la memoria muchas veces
imposible para un hombre ocupado por múltiples cuestiones de Estado. El gran tribuno
obviaba la dificultad con un método todavía adecuado para quienes deben hablar en público,
y para los estudiantes que preparan una larga exposición: Por su simpleza y generalidad este
procedimiento servirá de ejemplo antes de entrar en las particularidades de la mnemotecnia.
Siempre, lo más difícil de retener son las series de vocablos o frases aisladas con que se
inician los períodos de la disertación. Sin embargo, pueden relacionarse a una serie de
lugares fijados de antemano, que, por la familiaridad o importancia, recordaremos toda la
vida. Estos lugares deben existir en la realidad en el mismo orden, sernos muy conocidos, y
diversos en su forma y naturaleza.
Si imaginamos una casa, fácilmente nos confundiremos con la semejanza de los lugares
(ventanas, puertas, etc.) y no recordaremos dónde ubicamos cada cosa. Tomemos, pues, un
ejemplo más general; los meses nos darán la clave requerida. Son doce y podemos agregarles
las cuatro estaciones del año, así como los siete días de la semana, cuya suma nos da
veintitrés jalones inolvidables. Además, dentro de cada mes o estación podemos precisar
fechas cuya importancia sea verdadera para nosotros; de este modo, sin necesidad de nuevas
asociaciones, tendremos una cantidad de lugares que con una pequeña ejercitación se podrán
enumerar de corrido, en el orden directo o inverso, y sabiendo además qué número les
corresponde. La tarea no es difícil, basta emprenderla y en pocos minutos de trabajo se
tendrá una serie inolvidable que dará cabida a cuanta cosa se quiera recordar. Los lugares
numerados del ejercicio son:
1) Enero.
2) Febrero.
3) Marzo.
4) Abril.
5) Mayo.
... etc., hasta doce, y de aquí se pasa a las estaciones o fechas elegidas hasta
completar el
número de lugares guía deseados. A un amigo encomendamos formar una lista de palabras o
ideas, en este caso los emperadores romanos, que ha escrito y lee una sola vez, teniendo
cuidado de no pasar de un nombre a otro sin previo aviso del ejercitante:
1) Augusto.
2) Tiberio.
3) Calígula.
4) Claudio.
5) Nerón.
... etc.
A medida que el memorista oye un nombre, imagina el objeto o idea que expresa colocado en
el lugar correspondiente, como si lo viera. De este modo se le presenta Augusto con su corte
en enero, hecho que por lo extraño no olvidará; inmediatamente avisa para que el lector pase
a otra palabra: Tiberio y la expulsión de los judíos en febrero; otra, Calígula y el templo de
oro que hizo erigir en su honor en marzo; otra, Claudio y la muerte de Agripina en abril; otra,
Nerón y el incendio de Roma en mayo... El procedimiento no puede ser más rápido, y ya
desde la primera prueba el principiante puede repetir todos los nombres que ha oído una
sola vez por su orden o el inverso, y decir el número correspondiente a cualquiera de ellos.
La mayor dificultad en este ejercicio, y en todos los que presentaremos, está en vencer el
miedo a fracasar: ¡Piense que nada hay imposible, que lo hecho por otros puede hacerlo
usted! En todo aprendizaje el factor psicológico es de capital importancia; la sugestión, aquí
como en todos los órdenes de la vida, desempeña su gran papel.
Este ejemplo, que eligiéramos para la mejor comprensión del procedimiento, se puede
reducir a otros más particulares y concretos. La inventiva del lector puede aprovechar lo
aprendido en viajes, las situaciones profesionales, el conocimiento de la propia ciudad y de
otras, las fechas históricas más sobresalientes de su país, etc. Por vía de ejemplo, supongamos
que los lugares numerados del ejercicio son, para un argentino que considera a Buenos Aires
como punto de referencia:
1) Casa Rosada.
2) Plaza de Mayo.
3) Avenida de Mayo.
4) Plaza del Congreso.
5) Palacio del Congreso.
... etc. Sigue paso a paso el procedimiento anterior y el amigo lee los siguientes nombres:
1) ballena.
2) aeroplano.
3) toro.
4) vidrio.
5) estampilla.
... etc. Así, los contrastes ligan indisolublemente lugar e idea: una ballena en la Casa Rosada,
un aeroplano en la Plaza de Mayo, etc.
Pasemos a otro ejemplo de la misma categoría. Si tomamos en su orden de aparición las
figuras de mayor relieve en la historia de México, tendremos la siguiente serie:
1) Moctezuma.
2) Hernán Cortés.
3) Miguel Hidalgo.
4) José María Morelos.
5) Benito Juárez.
... etc.; y podremos enlazar estos nombres, inolvidables para todo mexicano, con una serie de
ideas o lugares:
1) penicilina.
2) incunable.
3) arteriosclerosis.
4) sucedáneo.
5) miriágono.
... etc.
Por varios caminos se llega a Roma. Otro método topográfico —es el nombre técnico—
conocido también desde los tiempos de Cicerón, es el que hoy llamamos de los figurones, y
que por requerir mayor esfuerzo y ayuda del dibujo, puede ser reservado para reforzar el
hábito de retener que desarrolla el procedimiento anterior. Imagine diez o más figuras de
personajes vulgares, diferentes, sugestivos o ridículos, y muy conocidos (por ejemplo: Don
Quijote, Sancho, Pinocho, etc.), exentos de toda acción, inmóviles y perfectamente poseídos
por el memorista, a los cuales aplica la palabra o acción que quiere recordar. De este modo, al
presentarse a la mente el fantoche, arrastra la idea o palabra cuyo recuerdo necesitamos.

MODELE SU MENTE

Dijimos que la mente es plástica; la arcilla también: en manos de un niño se transforma en
una pelota; bajo los dedos del escultor en la Venus de Milo. La materia es la misma, su
aprovechamiento distinto. Modelemos, pues, nuestro cerebro. La mnemotecnia es el arte de
desarrollar la memoria, sus reglas son fáciles de seguir, sólo exigen paciencia y dedicación. A
diario perdemos horas en las mesas de los cafés o en chácharas sin trascendencia. Ahorremos
un poco de ese tiempo, recurramos a esa facultad tan humana que es la voluntad, y los
resultados compensarán con creces el esfuerzo.
El primer paso para la educación de la memoria es descubrir sus fallas. ¿Olvidamos los
nombres, los rostros, las citas? Las dificultades en el desarrollo de nuestra profesión nos
darán la clave. Un comerciante sólo recuerda la figura, y no el nombre de sus clientes; un
arquitecto, los estilos y no las fórmulas de resistencia de los materiales; un estudiante sabe los
acontecimientos históricos y no puede relacionarlos en el tiempo. Allí está la laguna; toda
dificultad de la memoria encierra su causa, y el análisis de los imposibles indica la porción a
educar. Veamos algunos ejemplos.
Un abogado cuya memoria disminuía en forma alarmante y que temía perder junto con ella
reputación y clientela, se dirigió a un conocido psiquiatra. Entre otras cosas, informó que
siempre había poseído memoria muy débil para los nombres. Además, su comportamiento
reveló que sus facultades sociales estaban mal desarrolladas; interesándose poco por las
personas olvidaba sus nombres, aun cuando en general su memoria para nombres escritos
fuera buena. El remedio prescrito resultó inesperado para el paciente: Desarrolle las
facultades de sociabilidad para mejorar la memoria de los nombres propios.
Otro ejemplo me es personal. Antes tenía mala memoria para las fisonomías y sólo recordaba
los nombres, especialmente el timbre de voz de quien los pronunciara. Esto resultaba
sumamente molesto. Me encontraba con Pedro y creía estar con Pablo. Si las circunstancias
exigían mantener una conversación, hablaba a Pedro de aquello que sabía del interés de
Pablo. "¡Si nunca estudié pintura!" "Jamás estuve en Italia!". Las respuestas, para mí
inesperadas, tenían la virtud de desorientarme y por ello más de una vez estuve en los
límites de lo ridículo. La molestia de caer a menudo en tales confusiones me decidió a
cultivar la facultad débil. Me impuse un castigo: no fumar por una semana después de cada
tropiezo. Eso activó mi voluntad, pues la privación de algo muy arraigado es buen acicate.
Así, después de pacientes ejercicios, llegué a ser buen fisonomista. Pablo es Pablo y Pedro es
Pedro.
Ya se ve el papel que desempeña el interés en la memorización: enfoca la atención sobre la
cosa a retener. Cuando un jefe recomienda a su empleado una tarea delicada, le dice: ¡Ponga
los cinco sentidos! Es decir, concéntrese y no permita que ninguna sensación ajena a la
ocupación robe una fracción de su atención. Sin embargo, a veces la pereza nos inhibe. En lo
biológico todo tiende al mínimo esfuerzo. Hubo grandes perezosos entre los hombres de
valer: A Anatole France le costaba más decidirse a trabajar en una novela que escribirla. Pero
no nos engañemos, en ellos el ingenio valía más que la pereza. Nosotros, el común de los
mortales, tenemos allí un enemigo siempre en acecho; si nos vence fracasamos. La atención
exige concentración, y concentrarse es realizar un gran esfuerzo. Seamos capaces de ese
esfuerzo; apelemos a la voluntad, y con el tiempo se transformará en hábito.
Concentremos, pues, nuestra atención en aquellas cosas que deseamos retener, y la memoria
especial para esa clase de recuerdos se volverá excelente.

Tres claves

La complejidad del proceso mnemónico es más aparente que real.
Cuando nos
acostumbramos al análisis de las funciones de nuestro cerebro, el comportamiento de los
millones de células que presiden la vida inteligente se reduce en su aspecto práctico a un
limitado número de condiciones. Por ello, y en homenaje a la claridad, vamos a estudiar la
memoria en el cuadro de sus tres aspectos capitales: a) conservación; b) evocación; c)
reconocimiento.

ALGUNAS RELACIONES ENTRE LAS IDEAS
DIVISION: Una idea incluye a otra por una característica común que una posee en parte y la
otra totalmente.(primera fila de circulos)

SIMILITUD: Dos ideas poseen algo común o los objetos que representan son de la misma
clase.(Segunda fila de circulos)

CONTRASTE: Dos ideas poseen una característica común pero en grados opuestos.(Tercera fila de circulos)
 

¿CUAL ES SU MEMORIA?

Unos retienen fácilmente las fisonomías, los números, los accidentes, los peligros a que están
expuestos, los males sufridos; recuerdan los compañeros, los placeres mundanos, etc.; pero
olvidan las palabras, los nombres, las convenciones sociales, las fechas, las deducciones
lógicas...
Otros, y en los años estudiantiles fueron tal vez los primeros en historia, retienen las batallas,
las luchas políticas, los combates a que asistieron o de los cuales leyeron alguna relación; se
acuerdan de los reproches, de los cumplidos; conservan fielmente los paisajes, nunca olvidan
los defectos del prójimo; pero se les escapan los nombres de las calles, de los alimentos...
Los terceros reviven a cada instante las melodías; del orador recuerdan la sonoridad y timbre
de la voz; los cantos, los períodos musicales; pero olvidan sus deberes, sus promesas, las
reglas de buena conducta.
En cuarto término hay quienes retienen los nacimientos, las direcciones, los números
telefónicos, los placeres de la sociabilidad, pero olvidan lo leído en los libros, las verdades
científicas, sus deberes...
Por último, los hay que recuerdan especialmente las estadísticas, las luchas políticas, pero
olvidan las reglas de la gramática, las leyes matemáticas...
Así, pues, la pureza de los tipos de memoria es tan hipotética como la racial. Tenemos un
poco de todo; en nada se especializa nuestro organismo. Si los tipos estudiados en los
laboratorios se dieran tal cual en los individuos, de golpe estaría solucionado el problema de
las vocaciones y de la educación mnemónica. ¿Tiene usted buena memoria auditiva? Sea
músico, taquígrafo, etc. ¿Recuerda los rostros, los paisajes? Sea pintor, corrector de imprenta,
busque un oficio que entre por los ojos. ¿Debe trazar imaginariamente el contorno de los
objetos? Elija tareas manuales; la mecánica de precisión requiere tales condiciones. Por
desgracia, con tanta simpleza no se puede dar la solución. Sería en verdad muy práctico, pero
es imposible. La complejidad de la máquina humana lo prohíbe. Tenemos un poco de todo y
también nos falta un poco de todo. Lo que tenemos aquí no nos interesa; está, y nuestro
propósito es adquirir lo que nos falta. El buen fisonomista no precisa desarrollar esa facultad;
el buen matemático no se esfuerza por recordar números; pero a ellos les falta algo, y es su
deber adquirirlo, desarrollar esa facultad mal dotada. La vida moderna es demasiado
compleja, no permite unilateralidades, debemos estar en todas partes. El dueño de un
pequeño taller debe saber suplantar a su oficial; el director de una gran empresa debe estar
capacitado para ponerse, en el caso necesario, al frente de cualquiera de las secciones. Cuanto
más altas son las funciones de un individuo, mayor ductibilidad se le exige.
¿Quiere usted progresar? Mire los grandes ejemplos. Este, de taquígrafo llegó a director de
una gran empresa; aquél, de simple empastador —es el caso de Faraday— se transformó en
el físico más genial de su siglo. Esto se llama ductibilidad del espíritu, y esa ductibilidad sólo
nace de la armonía de las funciones. La salud es producto del buen funcionamiento de todos
los órganos; la inteligencia, del equilibrio de todas las funciones conmemorativas. Quien
armoniza su memoria fortaleciendo los aspectos débiles, apuntala su porvenir